¿Estás loco?... Esa fue la pregunta que me hice cuando me propuse escribir una obra de teatro. Y es apenas lógico; nunca he leído una obra teatral o siquiera asistido a una. En realidad me pareció ilógico querer escribir una sin siquiera tener una mínima idea del género.

Más tarde me di una respuesta a mi mismo: Sí, estoy loco.

Lo pensé detenidamente, y recordé que las ataduras propias de cada género no son algo con lo que esté de acuerdo, así que me decidí a intentarlo. Ignoro si esto tendrá la estructura de una pieza teatral, o si por el contrario será un intento fallido de incursionar en un género al que nunca le he prestado mayor atención. Lo que si puedo asegurar, es que para éste escrito tuve la invaluable ayuda de una mujer a la que aprecio mucho y que jugó un papel protagónico en la terminación de éste proyecto.

En primera instancia, la idea fue suya. Yo sólo me dejé convencer por ella y luego por mi mismo. De cualquier manera, aunque este texto no sea una obra maestra, si es el primero que corrijo con calma, poniendo lo poco que sé para que el resultado final fuera algo bueno.

Sobra decir que no creo poseer ningún talento especial para esto de las letras, que no me considero un escritor y que ni siquiera quiero llegar a serlo, pero de cualquier manera, éste texto que dejo a disposición de los lectores es algo de lo que me siento orgulloso. No por su calidad en si, sino por el trabajo que requirió terminarlo.

No daré más vueltas. Creo que con lo dicho es suficiente, aunque no quisiera dejar el texto sin una pequeña dedicatoria, al estilo de los grandes, aunque no me cuente entre ellos.




A Mercedes, por estar ahí aun cuando los demás se alejan.

A Ana, por aceptarme como soy aun cuando los demás no lo hacen.


Esquizofrenia

PRIMER ACTO

En medio del escenario se ve una mesa y una silla. El asiento ligeramente volteado, dándole la cara al público aunque no del todo. Diego entra por la derecha al escenario, aunque no se ve hasta que está casi en el centro del tablado. Viste con jeans, una camiseta con el logo de Guns n’ Roses y unos tenis bastante usados. Justo en ese momento un reflector ubicado frente a la mesa se enciende, revelando la silueta de un hombre que está situado tras el, de espalda al público. Diego hace una mueca cuando la luz le da de lleno en la cara y se protege con un brazo. Toma asiento y sube los pies a la mesa, recostándose un poco.

SILUETA: No deje que el reflector lo intimide, sólo vamos a hablar.
DIEGO: No es tan fácil ignorar esa luz, después de todo, da la sensación de que soy el único aquí.
SILUETA: Y lo es, amigo. Aquí no hay nadie más que usted.
DIEGO: ¿Y usted?
SILUETA: Oh, yo no cuento. Haga de cuenta que sólo responde a una voz, algo que no tiene forma física.
DIEGO: Suena como hablar con un fantasma.
SILUETA (con risa sardónica): No sea tan dramático. Es muy sencillo: sólo responda a mis preguntas.
DIEGO: Está bien, supongo que es mejor terminar con esto pronto.
SILUETA: Empecemos entonces. ¿Podría decirme su nombre?
DIEGO: Diego Andrés.
SILUETA: Diego Andrés, descríbase por favor.

Diego se levanta y da un par de pasos hacía el reflector, parándose al llegar a este punto. Se señala el pecho con una mano y lanza una mirada inquisitiva.

DIEGO (con expresión indecisa): Eh… Veamos… No soy un tipo atractivo, como puede ver. Tampoco suelo preocuparme mucho por mi mismo.

Diego hace un silencio. Baja la vista fijándola por un momento en sus manos vueltas hacia arriba. Retrocede un paso y mira directamente al reflector.

DIEGO: No suelo tener muchos éxitos, pero lo que si le aseguro es que tengo una nube de mala suerte que va conmigo a todos lados.
SILUETA: ¿Podría explicármelo mejor? De un modo más… Digamos… Comprensible.
DIEGO: ¿Conoce a Kurt Cobain? Me pasa algo parecido, aunque el tipo era muy diferente a mí. ¿Ha oído la frase “as I want you to be as a friend, as a friend, as an old enemy, take your time, hurry up”? Pues me describe, más o menos.
SILUETA: Bien, creo que es suficiente.
DIEGO: Me interrumpe cuando estaba tomando vuelo.
SILUETA: Es mejor continuar con las preguntas. ¿Podría enumerarme sus talentos?

Diego se queda un momento en silencio. Baja la cabeza, más a causa de la luz del reflector que de la vergüenza. Su mirada desciende hasta fijarse en algún punto indefinido en el borde del escenario.

DIEGO (con voz algo baja): No, no puedo hacer eso.
SILUETA: ¿Por qué?
DIEGO: Porque no tengo ninguno.
SILUETA: ¿Ninguno? ¿Está seguro?
DIEGO: Sí, seguro.

Se oye una voz reverberante y lejana.

VOZ: Claro, todos los talentos son míos.
DIEGO (irritado): ¡Calla!
SILUETA: Estoy callado.
DIEGO: No se lo decía a usted, se lo decía a…
SILUETA: Olvídelo, sigamos con lo que nos interesa.
DIEGO: Como guste.
SILUETA: Déme un momento para revisar mis apuntes… A ver, aquí está. Fíjese, dice que usted posee una Stratocaster, es una buena guitarra. Eso me lleva a pensar que debe tener algún talento para la música.

Diego toma asiento de nuevo. Apoya los pies en el piso y oculta la mirada de la luz del reflector. Su voz adquiere un tono seco que no denota ninguna emoción.

DIEGO: Se equivoca, no sirvo para eso. Si bien lo intento, no hay mejoría, y la única razón que se me ocurre es una falta de talento, no hay ningún otro motivo.
SILUETA: Vaya… ¿Y la literatura?

Se oye un gruñido fuerte que se prolonga por varios segundos. Aunque lejano, se siente la presencia de quien lo produce. Diego sufre un pequeño sobresalto, pero luego de un momento actúa como si nada hubiera pasado.

DIEGO: ¿Qué pasa con eso?
SILUETA: Que según tengo entendido, usted disfruta escribiendo.
DIEGO: Disfrutaba, en tiempo pasado. Luego me di cuenta de que tampoco es algo que se me de bien, pasa lo mismo que con la música, por más que lo intente no hay nada que pueda hacer para mejorar.
SILUETA: Aquí hay otro punto. Dice que usted estudia electrónica. Por fuerza debe ser bueno en ello.
DIEGO (con una sonora carcajada): Tengo que estudiar tanto o más que los demás para mantener unas calificaciones medianamente buenas. Fuerzo a mi cerebro a asimilar las clases. No es nada natural.
SILUETA: Entonces, ¿para qué es bueno?
DIEGO: Para nada en especial. En realidad, soy torpe con las manos. No puedo tocar bien un instrumento o escribir un texto que valga la pena, y pensándolo bien… Ni siquiera soy bueno moldeando plastilina.
SILUETA: ¿Pasa algo malo con sus manos?
DIEGO: No, están en perfecto estado, sólo que no tienen coordinación. Es más, no tienen la coordinación suficiente para producir una letra decente.
SILUETA (con un dejo de sorpresa en la voz): ¿Hay algo malo con su letra?
DIEGO: Es horrenda y poco entendible.
SILUETA: Vaya… ¿Alguna causa en especial?

Diego se adelanta un poco en la silla y apoya los codos en la mesa. Mira fijamente al reflector y adopta un tono de voz indiferente.

DIEGO: No, simplemente no tienen coordinación. No hay ninguna clase de talento en ellas; no pueden dibujar, pintar, moldear, tocar un instrumento o escribir. Mis manos sólo funcionan cuando se trata de agarrar una porra o una pala. Mis manos sólo sirven para los golpes.
SILUETA: Una existencia que bien podría atribuírsele a un cavernícola.
VOZ: Y no está muy lejos de la verdad amigo.
DIEGO (ignorando la voz): En cierto modo es así.
SILUETA: ¿Sufre de esquizofrenia?

Diego se pone de pie de un salto y camina hasta estar muy cerca del reflector. Clava la mirada en el centro de la luz. Su voz suena exasperada.

DIEGO: ¿Y cómo diablos quiere que lo sepa? Según tengo entendido, un esquizofrénico no sabe que lo es. No sabe acerca de la otra personalidad que mora en su cuerpo y no tiene recuerdos de cuando su otro “cerebro” ha tomado el control.
SILUETA (con voz condescendiente): Tiene razón, fue una pregunta tonta.
DIEGO: Nada que me sorprenda, en lo poco que hemos hablado me he dado cuenta de que usted es un perfecto imbécil.
SILUETA (sorprendida): ¡Vaya! ¡Pero si tiene un talento natural para insultar a la gente!
DIEGO (más exasperado): ¿Podría dejar el asunto del talento?
SILUETA: Sí, en realidad me interesa otra parte. Tengo la sospecha de que usted sufre de múltiples personalidades.
DIEGO (en tono bajo): ¿Sabe algo? Es posible que usted tenga algo de razón. Dentro de mí viven otros dos.
SILUETA: Justo lo que pensaba, un caso de esquizofrenia.
DIEGO: ¿Quiere dejar eso de una vez? Es diferente.
SILUETA: ¿Por qué es diferente?
DIEGO: Porque sé que están ahí. Sé cuando toman el control en incluso he llegado a discutir con ellos.
SILUETA (interesado): ¿Podría describirlos?
DIEGO: Claro, no tengo ningún problema con ello.
SILUETA: Entonces adelante, soy todo oídos.
DIEGO: ¡Ja! ¡Ojalá fuera verdad! ¡A leguas se nota que usted es un bocón!
SILUETA: Limítese a contarme lo de los dos personajes.
DIEGO: Bueno… Pues está Cer. Es algo así como mi cerebro, mi parte inteligente y racional. Supongo que lo que me salga bien gracias a la sabiduría es obra suya.
SILUETA: ¿Su cerebro es un ser aparte?
DIEGO (dudando): Sí y no… Es diferente a mí, si tomara el control actuaría de otra forma.
VOZ: Y seguramente lo haría todo mucho mejor que tú.
DIEGO: ¿Lo oyó? Ese fue Cer.
SILUETA: ¿Oír qué? Aquí no hay nadie aparte de usted.
DIEGO: Hombre, pero si habló, dijo que podría hacer las cosas mejor que yo.
SILUETA: Lo siento, no oí nada aparte de lo que usted dijo. Pero no se detenga, adelante. Cuénteme quien es el otro que está con usted.
DIEGO: Ah, es Caver. No piensa mucho, tiene mucha fuerza y ha llegado a tomar el control del cuerpo, aunque es bastante peligroso y se irrita con facilidad.
SILUETA: ¿Tiene actitudes violentas?
DIEGO: Oh sí. De hecho, si Caver controlara el cuerpo, ahora mismo usted estaría inconciente o algo peor.
SILUETA: Vaya, es bastante peligroso. ¿No ha dicho nada?
DIEGO: No, habla muy poco, a menos que usted considere los gruñidos como diálogo. Caver no piensa, actúa.
SILUETA: En verdad es muy interesante todo esto.

Diego se pone de pie y coloca una mano sobre la mesa. Entorna los ojos y trata de ver detrás del reflector.

DIEGO: ¿Por qué me pregunta todo esto?
SILUETA: No se preocupe, es sólo curiosidad.
VOZ: Diego, este tipo no me da buena espina. Sé que eres tonto, pero no tanto como para no darte cuenta.
DIEGO: Calla un momento, no te preocupes que ya sabremos lo que pretende y como salir de aquí.
SILUETA: ¿Se puede saber con quien habla?
DIEGO: Con Cer, dice que usted le da mala espina.
VOZ: Eres más tonto de lo que pareces…
DIEGO: Es lógico, con tantas preguntas y eso cualquiera se pone alerta.
SILUETA: Ya le dije que sólo es curiosidad.
DIEGO: Eso no se lo cree ni usted.
SILUETA: No es mi problema si no me cree.
DIEGO: Bah, de todas formas no tengo nada mejor que hacer.
SILUETA: ¿Quién es Ana Cecilia?
DIEGO: La mujer que amo.
SILUETA: Muy bien, ¿cómo es ella?
DIEGO: Preciosa, inteligente, dulce…
SILUETA: ¿La quiere mucho?
DIEGO (con un suspiro impaciencia): Ya le dije que la amo. Es lo único en lo que los tres estamos de acuerdo.
SILUETA: ¿Quiénes son los tres?
DIEGO: Hombre, pues Cer, Caver y yo.
SILUETA (con algo de sorpresa): ¡Ah! Comprendo.
DIEGO: Por cierto, hace algunos días que no la veo.
SILUETA: ¿Por qué?
DIEGO: No lo sé, sé que la vi hace unos tres días y desde entonces ni siquiera me contesta el celular.
SILUETA: ¿Y no está preocupado?
DIEGO: La verdad no, las malas noticias son las primeras que llegan.
VOZ: A menos que además de ciego seas estúpido.
DIEGO: ¿Quieres guardar silencio, Cer?
SILUETA: Veo que le habla con frecuencia.
DIEGO: Hay días que se pone insoportable.
SILUETA: Sigamos, quiero llegar al fondo de este asunto.
DIEGO: ¿Qué asunto?
SILUETA: Oh, olvídelo. Continuemos con la charla.

Diego camina hacia la mesa y da la vuelta, dándole la espalda al público y se queda en silencio por un momento. Se acaricia la frente con la palma de la mano y habla sin volverse.

DIEGO: Mire, la verdad es que tengo cosas que hacer. Mejor dejemos esto hasta este punto y…
SILUETA: No puede ir a ningún sitio hasta que termine con esto.
DIEGO: Vea, la verdad es que yo preferiría…
SILUETA (alzando la voz): Siéntese, hay que llegar al fondo de este asunto.

Diego se acerca a la mesa con un par de pasos largos y rápidos. Patea la silla a un lado y da un puñetazo muy fuerte sobre la mesa.

DIEGO (exaltado): ¿Qué asunto? ¡Dígame de una maldita vez de que se trata todo esto!
SILUETA (razonando): Cálmese. Déme un momento y trataré de explicarle…
DIEGO: ¡Que explicar ni que mierda! ¡Yo me voy ahora mismo!

Diego camina rápido en dirección contraria al reflector hasta perderse en la oscuridad del escenario. Se oye un portazo.

Cae el telón.





SEGUNDO ACTO

El escenario está vacío. Al fondo se ve una pared de un blanco cegador. Una enfermera entra por la izquierda del escenario empujando una camilla; un paciente cubierto por una sábana blanca reposa sobre ésta. La mujer mira hacía el frente. Se detiene. Baja la vista hacía la camilla y toca la sábana mientras deja escapar un suspiro. Un doctor entra por el lado contrario. Revisa unos papeles y se detiene junto a la enfermera.

DOCTOR: ¿Es el paciente que estaba en el 513?
ENFERMERA: Sí, ya han dado la orden para trasladarlo al tercer pabellón.
DOCTOR: ¿Se encuentra estable?
ENFERMERA: No ha habido ningún problema. Se recupera de forma normal y sin contratiempos.
DOCTOR: Bien, hasta luego.

El médico hace ademán de irse y la enfermera le detiene.

ENFERMERA: Doctor… Es que tengo algo de curiosidad respecto a este paciente.
DOCTOR: Si se refiere al tipo de intervención, lo único que hicimos fue eliminar la parte peligrosa de su cerebro, igual que hemos hecho tantas veces.
ENFERMERA: No, no es eso… Lo que me gustaría saber es cuál era su problema.
DOCTOR: Sabe que es política de este sanatorio reservar los diagnósticos.
ENFERMERA: Sí, ya lo sé, pero es que…
DOCTOR: Ya, no diga nada más. Haré una excepción, sólo porque el caso de este tipo también era algo fuera de lo común. Sufría de múltiples personalidades y era conciente de ello; es más, decía convivir con ellos.
ENFERMERA: Nunca había oído algo como eso…
DOCTOR: Espere, no es todo. Además de las múltiples personalidades, sufría de esquizofrenia, lo cual agregaba una cuarta personalidad al mismo cerebro. Sin embargo, como todo esquizofrénico, no era conciente de este “inquilino”.
ENFERMERA (mirando la camilla): Vaya…
DOCTOR: La policía lo trajo aquí. Lo encontraron en su apartamento luego de matar a su novia.
ENFERMERA: ¡Dios! ¿Y por qué no lo llevaron a la cárcel?
DOCTOR: Los policías que lo llevaban en la patrulla dijeron que tenía un comportamiento extraño. Hablaba solo, se preguntaba y se respondía a si mismo. Al final decidieron que sería mejor traerlo aquí.
ENFERMERA (con cara de asombro): ¡Jesús!
DOCTOR: Me hubiera gustado estudiarlo un poco más, era un caso muy extraño.

La enfermera da un par de pasos más empujando la camilla mientras el médico se aleja en dirección contraria. La mujer se detiene un momento y destapa la cara del paciente. Lo mira por un instante y pasa los dedos por una de sus mejillas. Una lágrima se desliza por la mejilla de la enfermera mientras acaricia el rostro del muchacho.

ENFERMERA: Es una lástima… Eres muy joven. Me hubiera gustado amarte.

La enfermera sale del escenario tras la camilla. Se apagan las luces.

Cae el telón.




Andrés Guerra.

Copyright Squall.
20 de mayo del 2007, 10:46 p.m.