Bautizo y muerte de un inocente
VIII
Imashen estaba afuera de la taberna, en la parte trasera donde estaba ese baño para los residentes.
Ragmazh estaba escondido ahí desde hace horas, y cuando salió lo hizo con varias greñas en toda su barba (la que le llegaba hasta el abdomen) y cabello (que morían debajo de los omoplatos). Toda la mañana se las había estando arreglando, según él era propio de un cacique. Cada conjunto de hebras de su cabello y barba estaban arregladas en greñas llamativas que además de dar un aire de realeza daban a luz las orejas increíblemente largas y peludas. Medían quince centímetros y estaban adornadas con anillos de oro y plata.
Su rostro había recuperado su dignidad prostituía en los fosos. Sus ojos pálidos y amarillos con pupilas de gato, penetrantes a cualquier detalle incluso en la oscuridad, y arriba de estos sus cejas pobladas y su nariz esquelética debajo. Sus colmillos estaban blancos como el marfil, afilados y amenazantes en su boca, la cual se había cobrado más de una vida. Su piel era de color verde moho y estaba llena de cicatrices de batalla y runas místicas que relataban una historia de sesenta años que todavía no llegaba a su fin.
En contraparte Imashen se afeitó toda su barba, se trató apropiadamente la herida de la otra noche, y cogió su cabello que le acariciaba sus hombros y lo amarró en una cola.
-Saldremos en la noche, da otro paseo Ima, si quieres. Y reza a cualquier dios que se apiade por ti. Ya que necesitaremos suerte... mucha.
Luego de explicarle el punto de reunión para el escape de Eltabbar, Rag dejó a Ima marcharse.
***
-He de admitirlo, el chico tiene talento – dijo una oscura figura encapuchada qué se hacía pasar por sirvienta, mientras Imashen se perdía en las calles.
-No tiene futuro en Zhay... tampoco yo. Debo de regresar a mi patria. Con mi pueblo. ¿Nos ayudarás verdad? – Ragmazh se acercó disimuladamente a él y hablaron en el dialecto de la tribu del invencible, Seguros de que nadie les entendería
-Todo por el invencible Ragmazh... ¿Cuántos miles de monedas me hiciste ganar con tus atracos en los caminos, con tus proezas en la arena y con el opio de ayer? Te debo mucho de mi gran fortuna.
-¿Todo por los “amigos” verdad?
Los dos rieron por un rato hasta que el Amo de los Espías añadió:
-Él te sigue cazando, está aquí y Eltabbar le contrató por tu cabeza y el sometimiento del chico.
-Ha sufrido mucho, sin embargo nada puedo hacer por él. Sus padres me atacaron mientras yo escapaba con los míos de ese callejón sin salida en que nos metió Akar Kessel, maldito sea su nombre...
-Y ahí sus padres encontraron muerte...
-Nuestros pueblos están en guerra, una eterna y constante que amenaza con hacer que desaparezca una de las dos razas de la faz de Faerûn. Es natural que haya bajas. Su venganza es en relato que no acaba por repetirse. No tengo derecho de negársela, sin embargo no pienso ponérselo fácil.
-Cambiando de tema: Ya soborné a los guardias del turno de esta noche para que nos dejen salir sin hacer demasiadas preguntas. No puedo hacer más por ti.
-Veo que intentas hacer un segundo trabajo además de ayudarnos a escapar.
-Como diría Maruellen: Dos orcos con la misma flecha. Tengo que llevar el opio a una ciudad más pequeña. Y un orco y un rashemí podrían ser de ayuda para resguardarla en el trayecto.
-Necesito otro favor...
-¿Armas?
-Y equipo. Necesitó unas buenas armaduras, botas de hierro y raciones suficientes para sobrevivir un mes en las estepas salvajes del este.
-Hay una cosa más... me he enterado que Maruellen se ha hecho con “La PicaSangrienta”
Ragmazh no se impresionó.
-Es obvio, mis armas fueron arrebatadas en mi encarcelamiento. Tal vez se la dieron para usarla como señuelo. No importa, él vendrá a mí. Me cansé de huir.
-¿Tienes miedo?
-Miedo de matarlo – dijo Ragmazh y ahí acabo la conversación...
***
-Con que esta es el arma del responsable de la muerte de mis “queridísimos” padres...
Maruellen le había quitado el fardo a la lanza, y ahí reveló una exquisita arma, de casi dos metros de longitud, de acero negro y oraciones a Gruumsh talladas por toda el asta. Pero eso no era todo, ya que la afilada punta de acero negro medía un metro de largo y en sus primeros veinticinco centímetros tenía una base de alabarda. Runas pintadas de sangre cubrían la mortandad del arma.
La Picasangrienta poseía unas dimensiones impensables para Maruellen. Un tipo de su estatura y musculatura no podría blandirla. Ni siquiera los orcos serían capaces de usarla en combate, se dijo- Solo uno tan alto y poderoso como Ragmazh sería capaz de utilizarla con el efecto mortal imaginado en la confección de la pica.
Pesaba demasiado y Maruellen la arrojó a una esquina de su habitación, en esa posada en el límite de los barrios bajos.
Esa arma no merecía ningún respeto suyo. Ahora lo que en verdad importaba era planear como usarla para cazar a Ragmazh, el Invencible... y a ese joven portador del fuego mágico.
Eshig estaba en el umbral de su habitación, recostada contra el marco de la puerta esperando que tuviera que decir el elfo al respecto. No pudo esperar más y rompió el silencio tan embriagador para el cazador.
-Te entregué el arma, y todavía no me informas de lo aprendido estas últimas horas...
El elfo le ignoraba.
-Maruellen. – repitió un par de veces hasta que el cazador se hartó de ella.
-Vete, no me dejas pensar... –su mirada seguía en la nada mirando el suelo con su barbilla apoyada en el puño mientras que sus piernas estaban cruzadas. Estaba sentado al borde de una esas incomodas camas de paja, esas que tanto le gustan a los humanos.
-¿Debo recordarte que respondes a mí?
-Vete.
Eshig dejó de insistir, camino hacia la cama de manera sensual, la que usaba para seducir magos, y se sentó tras del elfo.
Maruellen giró sus ojos irritado mientras la campeona del mago de ojos poderosos apoyaba su hermoso busto en los hombros recios del vengador. A Maruellen le causó un asco inmenso pero no hizo nada, se quedó pensando en como dar caza al desaparecido Ragmazh.
Pero de improviso los pies desnudos de la pequeña guerrera se posaron en la entrepierna de Maruellen y le sobaron su miembro.
-¿Si te digo lo que se me dejarás en paz mujer?
-No – susurró a su oído - esta es una manera de ponerte “obediente”... – sus manos se posaron en el fuerte pecho del elfo mientras que ella hacía todo lo posible por excitarlo.
-Ragmazh e Imashen escaparon de las cañerías, y dieron a parar en una barriada a unas cuadras de aquí. De hecho se aparecieron hace una noche en esta taberna, o eso dicen. Una figura de dos metros y una más baja, pero los borrachos no pudieron decirme nada más... – Eshig continuaba inútilmente con sus caricias – La mejor pista fue dada cuando las autoridades me informaron de una matanza que ocurrió esa misma noche entre bandas traficantes. Algunos cuerpos fueron asesinados por una espada mientras que otros por fuerza fortísima. Sé que están aquí. Pero no se por cuanto tiempo ni el lugar exacto...
-¿Ves que es más fácil cuando cooperas...?
-Lo único que puedo hacer por ahora, es moverme por las calles, he perdido toda la mañana y casi toda la tarde esperándote por la lanza. Si busco por los lugares correctos tal vez los encuentre... se que intentarán salir de la ciudad, y no me sorprendería que tuvieran éxito. Sin embargo aunque lo salvaje es mi terreno, Ragmazh ha demostrado tener talento para despistarme.
Dicho esto Maruellen se levantó de improviso, cogió su cinto, mochilla y arco, y salió de la habitación. Si Maruellen se había excitado por las caricias de Eshig su rostro no lo reveló.
***
Caminando callado y con su rostro inexpresivo, Imashen recorría los puestos de los buhoneros. Muchos artículos interesantes, sin embargo un puesto pequeño llamó su atención al final.
Había libros, muchos de ellos. El joven los examinó todos. Los que más le atrajeron fueron unos cuantos libros de la historia de Rashemen, algunos libros de oraciones a las tres diosas y un pequeño diario encuadernado con piel. Este último fue el que decidió a Imashen para gastar algunas monedas para comprarlos.
Se dirigió al buhonero de manera seca y pagó por todo, unos tres libros en total, una pluma y tinta, y el diario.
Lejos de ahí, en un callejón, Imashen se recostó de la pared y comenzó a hojear sus nuevas posesiones: Rashemen, tierra de los Bersérkers, Eltab; Señor del Abismo Oculto y Diosas Rashemies.
Luego de ojearlos y sentirse bien que el idioma de los libros fuese el suyo, Imashen pasó a ojear su diario. Luego de acariciar la cubierta de piel se dedicó a probar su ortografía.
Lentamente acercó la punta de la pluma empapada en tinta negra y comenzó a escribir.
Mi nombre es Imashen...
Pero luego se detuvo en seco. Nunca se había puesto a pensarlo. Pero ahora las preguntas explotaron como fuego mágico en su mente y lo hicieron de la manera más devastadora posible. ¿”Imashen qué”? ¿Imashen de Rashemen? ¿Cuál era su apellido? ¿Lo tenía? ¿Imashen era su verdadero nombre?
No lo sabía. No tenía modo de saberlo, ni la más remota idea. Se llevó la mano a la sien mientras pensaba y pensaba. Tiró su diario a un lado y cogió el libro Rashemen, tierra de los Bersérkers y comenzó a leerlo.
Imashen pasaba las hojas buscando si habría algún dibujo o boceto de lo que podría ser su tierra. Nada. Luego de resignarse pensó que mil palabras valdrían una imagen, por lo que comenzó a leer.
Empezó por el índice. Justo ahí una palabra: “Colmillos”. Esa diminuta palabrita entre tantas sedujo su atención inexorablemente, con promesas de la revelación del misterio de su pasado, y tal vez de su presente. Mientras leía los títulos de los otros capítulos, sus ojos no dejaban de dar una rápida mirada a esa palabra. “Colmillos”.
Hasta que no se pudo contener más y buscó rápidamente la página de ese capítulo que tanto le atormentaba.
Leyó el capítulo. Lo leyó otra vez, y otra y otra.
Entendió el significado de la palabra. Básicamente los colmillos eran milicias disciplinadas que se ocupaban de proteger los caminos y enfrentar las incursiones de Zhay...
Estaban siempre juntos y combatían hasta la muerte.
Siendo presa de un hechizo, Imashen se quitó su capa y la parte superior de su cota de malla. El había leído algo parecido.
Sí, en efecto, sí lo había hecho. Cuando se aseaba en el baño de la taberna, un tatuaje en su hombro derecho que leía en rashemí:
Imashen, de los Colmillos de Dragón
¡Exacto! ¿Cómo podía ser tan ciego? Cuando había conocido a Ragmazh, Imashen le había revelado su nombre. Justo después...
Después del azote en su cráneo.
El latigazo mental, había vuelto hace una noche. Era la razón por la cual se había interesado en el pequeño diario. Imashen temía que su mente fuera a perderse de nuevo y que este nuevo “yo” desapareciese por completo.
¿Pero que esperanzas había? Fue una milicia contra el poder de Zhay. ¿Qué demonios había pasado ese fatídico día? En el que los planes de muchos fueron negados y sus esperanzas arrebatadas.
Pero no todos los sueños fueron aplastados. No todos habían muerto o caído prisioneros. Quedaba un sueño, uno vivo: Imashen, de los Colmillos de Dragón... Imashen Dragón Caído, el último de muchos y el primero de una nueva estirpe de guerreros. Imashen el mestizo.
Cogió el diario y terminó de escribir:
...Dragón Caído.
Luego comenzó a relatar el principio de su historia...
***
Y ahí le vio Maruellen. Ahí estaba, el perro faldero que pronto volvería con su amo. El joven que lo guiaría hasta el asesino de sus padres, hasta Ragmazh Picasangienta.
El sol comenzaba a morir, y ahí junto a un viejo buhonero de tez morena estaba Imashen, mostrándole al parecer unos libros y discutiendo con el viejo en un idioma que no alcanzaba entender. Justo en ese instante el elfo se dirigió a un callejón, corrió hacia la esquina y saltó para luego rebotar haciendo impulso con sus piernas y saltar de nuevo estirando su brazo para alcanzar el tejado de una casa de barro. Justo después y con gran sigilo, del característico de los cazadores corrió y saltó por los tejados hasta posicionarse cerca de su presa.
Observándolos desde las alturas y envuelto en su capa... ¿Azul oscuro? El elfo se dedicó a esperar. Sus manos temblaban, su corazón se aceleró y se mareó un poco. Desde hace dos días se sentía así, desde la información del paradero de Ragmazh. Sus labios se secaban y sus pupilas se dilataban, con las promesas de la venganza al alcance. Justo como cuando un cazador encuentra las huellas de una legendaria y esquiva presa.
Solo debía esperar a que el joven rashemí le guiara a su presa. No había necesidad de entregarlo, Maruellen sabía muy bien que le esperaba la muerte a mano de magos después de terminar su misión. Mataría a Ragmazh y escaparía de Zhay...
Y si le mataban, él estaría ya libre. Su único propósito cumplido.
Pero pasaron los minutos, y luego la hora seguida de más minutos y Maruellen no podía seguir esperando...
Cogió su arco y apuntó, sin embargo su pulso le temblaba por la euforia. Así que decidió entrar en cuerpo a cuerpo.
***
Imashen había hablado largo y tendido con Erta. El viejo amablemente le había aclarado sobre la autenticidad de los libros. ¡Incluso había revelado que él mismo los escribió hace años!
Los minutos pasaron luego de que Erta excitado comenzaba a confiar en Imashen. Le relató con palabras bien vívidas que conjuraron imágenes en la mente de Imashen. Pronto la explicación larga y extensa de la otra vez se le olvidó, asesinada por las maravillas naturales de Rashemen. De la belleza de sus mujeres y la valentía de sus hombres. De los espíritus que siempre habitaban, y del gran caballo en los cielos. El mismo caballo que...
La delgada hoja, que resplandecía en una cortina celeste bajo la luz de la luna, había atravesado de manera precisa la garganta de Erta. Y mientras Imashen contemplaba como la sangre manaba a borbotones y el cuerpo caía en un sueño sin despertar, la figura oscura con ojos resplandecientes y dos finos aceros mágicos, se levantaba y erguía cual alto era...
So él estaba Imashen, con sus propios ojos resplandecientes y su rostro desfigurado por la furia...


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