Ángel de Acero
Andrés caminaba despacio. La chaqueta de cuero le daba un aire de rebelde a su imagen, la gorra tapando su negro y abundante cabello, la leve lluvia huyendo de su encuentro, la oscura noche tratando de retenerlo con ella, de convertirlo en su amante.
Llevaba la mano aferrada a la pistola y escondida dentro de la chaqueta. La maldad de sus ojos brillaba en la profunda oscuridad. El sólo hecho de percibir su presencia bastaba para que todas las cosas perdieran su rumbo. Hasta los mismos árboles parecían apartar sus ramas para abrirle paso. Quizás eso fuera lo más sorprendente, su capacidad para inspirar miedo, sin necesidad de hacer algo.
Se dirigió al edificio, andaba sin prisa, sin alterarse; era lo mejor a la hora de matar a alguien, ir calmadamente. No había necesidad de hacer una entrada ruidosa, simplemente debía entrar, matar y salir. Subió las escaleras, su forma de caminar era enigmática, erguido, aunque siempre mirando al piso, con las manos en los bolsillos. Por fin llegó hasta la puerta, de aquí en adelante todo era rutina.
Un humo espeso empezó a salir de sus pies, levantándose y cubriéndolo todo, hasta dejarlo totalmente oculto. El humo se disipó, y él desapareció también. Al otro lado de la puerta, un humo oscuro aparecía de la nada, trayendo con el a un muchacho que no aparentaba más de veinte años. Caminó, buscando la habitación de la victima de esta noche. Lo encontró pronto, acostado, durmiendo en su cama con su mujer al lado.
Encendió la luz del cuarto, y en ese momento el comerciante y su mujer despertaron. Lo vieron allí, inmóvil, con la mirada fija en la pijama azul claro del hombre obeso que tenía al frente. Sacó la pistola del bolsillo y apuntó a la cabeza del hombre. De los ojos de este empezaron a salir unas grandes lágrimas.
-¿Quién es usted? ¿Qué me va a hacer?
Típicas preguntas que debía escuchar cada noche y que estaba cansado de responder.
-Por Dios, ¿son acaso tan tontos? ¿No es obvio que voy a matarlo? ¿Es que es tan difícil de entender una situación de estas?
-No lo haga, por favor – gritó desesperada la mujer.
Él se acercó a ella y sin pensarlo mucho le dio una bofetada con la mano en que tenía la pistola. La sangre brotó del rostro ya envejecido de la mujer. Se limpió el dorso de la mano en la cobija con una expresión de desagrado en su cara, mientras la esposa del comerciante caía desmayada.
-¿Por qué tienen que sangrar? ¿No es más fácil que sólo se desmayen sin llenarme las manos de sangre?
-No me mate, se lo suplico…
-Hombre, deje de llorar, no fue a usted al que golpee. Vamos, por lo menos muestre algo de dignidad antes de morir.
-No lo haga, puedo pagarle, lo que quiera.
-Si claro, y dígame una cosa, ¿para qué me serviría el dinero de un mequetrefe como usted? Gano más si lo mato.
-No lo haga, por favor.
-Cállese de una vez.
Apretó el gatillo, y en un instante la cama y toda la habitación quedó cubierta con la sangre, pedazos de cabeza y sesos del que fuera el comerciante.
-Maldición, otra chaqueta arruinada. En fin, compraré otra con lo que me pagaron por este trabajo.
Salir fue tanto o más fácil que entrar. Una vez más estaba en la calle, caminando despacio hasta el escondite de su cliente.
Marta maldecía su propia suerte, pensando en que iba a hacer ahora que acababa de perder su trabajo. El frío de la noche helaba su cuerpo y nublaba sus pensamientos. Todo su porvenir se veía tan oscuro como esa noche sin luna. Se acomodó el abrigo y empezó a atravesar el parque, apresurando el paso para llegar a casa lo más pronto posible. Tenía suficiente dinero ahorrado para vivir por un par de meses, y confiaba que en ese tiempo ya habría podido encontrar otro empleo.
Desde aquella vez en que salió de casa con el firme propósito de no regresar había vivido por si misma. Si bien no había estudiado, tenía la suficiente malicia como para sobresalir en cualquier trabajo. Le daba rabia que la vida fuera tan injusta, la despidieron sólo porque no quiso acostarse con el viejo inmundo que era su jefe. Cuanto le hubiera gustado haberle dado un golpe a ese maldito. Si, eso hubiera sido reconfortante, darle una buena patada en los testículos, para que se le averiara ese miembro asqueroso del que estaba tan orgulloso.
En la oscuridad de la noche, el muchacho llegó hasta su destino. En la puerta de la gran casa, un guardia intentó detenerlo cuando se acercaba a la entrada. Estampó la suela de una de sus botas contra la boca del estomago del desdichado, dejándolo sin aire y tendido en el piso.
Se agachó hasta estar muy cerca de la cara del hombre y le habló en un tono más bien amistoso.
-Hombre, deberías preguntar cortésmente antes de empezar a lanzar manotazos como un mono asustado. Si vuelves a meterte en mi camino, no tendré más remedio que matarte.
Se levantó dándole una palmadita en la espalda al tipo y en seguida estampó su otra suela en la mejilla del guardia. Este no tuvo tiempo ni de gritar, enseguida quedó desmayado y con la cara rota.
Entró en la mansión, caminó por los pasillos oscuros de la casa del jefe de la banda de traficantes de drogas más grande del país. Sus pasos resonaban en el piso de madera, mientras todos los hombres se apartaban al verlo. “Veo que estos son más sensatos”, pensaba mientras caminaba hacía el estudio del jefe.
-Debería informar a sus guardias cuando va a recibir visitas, o contratar mejores guardias - Dijo mientras entraba en una oficina grande, con costosos cuadros en las paredes, una fina alfombra en el piso y un gran escritorio al fondo.
-¿Está hecho el trabajo? – preguntó el hombre que estaba sentado tras el escritorio.
-Todo listo, así que vengo por la parte que falta del pago – Dijo mientras se sentaba en una silla.
-¿Cómo?, si usted cobra por adelantado, no tengo porque pagarle más.
-A ver, usted me pagó por matar a ese comerciante que se estaba metiendo en su zona, ¿verdad?, pero además de eso, tuve que golpear a una mujer que había allí. Y además de todo, viniendo para acá, tuve que patear a uno de sus guardias. Las botas se me mancharon de sangre y ahora tendré que comprar unas nuevas. Eso no es gratis, ¿sabe?
-¡No voy a pagarle más! ¡Ahora salga de mi vista o…!
-¿O qué? ¿Llamará a sus guardaespaldas?, déjeme decirle que están orinándose del miedo detrás de la puerta. Mejor evítese problemas, págueme lo que me debe y conserve su integridad física – Con la pistola bailando entre sus dedos.
-¿Me está amenazando?
-No, no considere esto una amenaza – Dijo levantándose y colocando la pistola en la frente del sujeto.
-¡Maldito! ¡Me las pagará!
-Si, si, lo que usted diga. Ahora déme el dinero si no quiere tener que comprar una cabeza nueva. Ah, por cierto, le recomiendo que deje el negocio de la droga, a partir de mañana empiezo a limpiar la ciudad de distribuidores y a exterminar bandas.
-Maldito…
-No se preocupe, seguiré en el negocio de los asesinatos, no hay mejor forma de limpiar la escoria que a través de la misma escoria, y si además me pagan por hacerlo, tanto mejor.
El cabecilla sacó un fajo de billetes de uno de los cajones y lo puso sobre el escritorio.
-¿Cuánto es lo que quiere?
-Con esto bastará – Dijo Andrés, tomando todo el fajo.
-Pero eso es…
-¿Alguna objeción?
-No…no…
-Ah, una recomendación, compre otra alfombra, esta quedó sucia con la sangre que traía en mis zapatos.
Salió del cuarto caminando lento, atravesó la puerta, dejando tras de si a un grupo de hombres a punto de llorar del susto. Se internó de nuevo en la noche, con la ahora fuerte lluvia mojándole el cuerpo.
En su apartamento, Marta calentaba en el microondas lo que aparentaba ser un pedazo de pizza. Luego tomaría un baño y se iría a dormir. Tal vez luego de dormir podría ver las cosas con más claridad. O tal vez no, pero estaba cansada y prefería desconectarse del mundo por un rato.
En la bañera, su mente empezó a recorrer posibilidades que nunca había considerado. Intentó imaginarse como sería morir allí mismo, como se sentiría sumergirse en el agua de la bañera y no volver a salir de ella. Sintió curiosidad por saber que se sentiría ser atravesada por un puñal o si alcanzaría a sentir dolor al volarse la cabeza de un disparo. De cierta forma, pensar en esas cosas la excitaba.
De pronto sintió miedo, un miedo terrible que la hizo temblar por completo. Salió de la bañera y abrió la ventana. Afuera aun llovía. En una azotea cercana, un joven contemplaba toda la ciudad. Parecía juguetear con algo que tenía en sus manos.
Marta lo observó fijamente, sin darse cuenta de que seguía desnuda, y sólo se percató cuando el muchacho miró en su dirección. Se cubrió con una bata y volvió a mirar por la ventana. El joven seguía allí. Ella abrió la ventana. El fuerte viento parecía traer consigo una triste melodía.
¿Cuánto más he de esperar? ¿Cuánto más he de buscar para poder encontrar la luz que sé que hay en mí? He vívido en soledad, rodeado de multitud. Nunca he conseguido amar, pues no me quiero ni yo…
Saltó. Marta observó absorta como el muchacho caía desde la azotea en la que había estado sentado. No dijo nada, tampoco pensó en nada más, sólo cerró la ventana y fue a su cama. En un momento estuvo dormida, sin soñar con nada, sólo durmiendo placenteramente.
El humo lo traía de nuevo. Lo dejó de pie sobre la calle, con la pistola en la mano y preguntándose si la muerte sería mejor. Estaba acostumbrado a verla, cada noche, cada día, en todo momento. La veía en la sonrisa de las personas, incluso en la cara de un niño; la muerte siempre estaba presente, apenas a un jalón de gatillo de distancia. La tenía él, en sus manos, y podía usarla siempre que quisiera.
Empezó a caminar, sin rumbo fijo y con una sola cosa en la cabeza, matar a todos y cada uno de esos cabrones. No dejaría ninguno, les volaría la cabeza a todos y cobraría venganza por su hermanito…


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