bueno la verdad soy malo con los titulos pero espero y la disfruten ya ni me acuerdo de donde lo copie asi que si alguien lo ha leido antes que lo diga jejej .. bueno
Estábamos sentados en los columpios, y yo decía algo del dibujo de una vaca que salía en una caja de leche, y Adela me escuchaba con ojitos atentos, hermosos, como sólo ella podía hacerlo. Y cuando me escuchaba así, yo generalmente terminaba divagando en mil temas, menos en el que había comenzado. Y divagué como siempre, perdido en el agujero peligroso de esos cálidos ojos negros.
Pero luego, repentinamente, me quedé callado. En su hombro había un bicho, un animal feo, rojo, flaco, con alas y ademanes humanos. Algo le decía a Adela al oído, y ella seguía viéndome como si siguiera escuchándome, sonreía como si me escuchara, me miraba como si me escuchara. Pero no lo hacía: era a él a quien oía.
Entonces creí que sentí enojo, creí que sentí odio, creí que era yo quien comandaba esa rabia que me recorría las venas y que me impulsaba a tomar mi lápiz pélikan del número 2 y a clavárselo en el cuello. Pero me entró la duda, así, también de repente. Y volteo a mi derecha y uno de esos bichos estaba sentado en mi hombro, hablándome al oído, con la puta sonrisa triunfal que otorga el poder.
Corrí como loco por todo el patio, llegué al salón, y entre gritos y sollozos se lo conté a mi maestra. No me creyó. Tiempo perdido. Se lo conté a mi madre. Tampoco me creyó y me regañó por andar inventando pendejadas. «Mejor lee la biblia con tu abuela, mejor haz la tarea, mejor esto, mejor aquello» dijo mi madre, mientras uno de ellos le hablaba al oído.
Resignado, me encogí de hombros y busqué un rincón dónde llorar a gusto, un rincón donde esos pinches bichos no pudieran encontrarme. Lloré todo lo que pude, llegué hipando a los patios de Morfeo, y ahí, poniendo mucho atención, comencé a pensar «Esos bichos se llaman azarines, son del diablo pero nunca me van a lastimar... son del diablo pero nunca me van a lastimar» Y medio abrí los ojos tratando de reaccionar, y lo ví en el espejo, sentado en mi hombro, y a leguas se veía que el muy maldito me estaba dictando «...pero nunca me van a lastimar»
Tendría unos seis años en ese entonces...
Ahora ya no los veo -he envejecido- pero cuando un niño o una niña se me queda viendo con cara de incredulidad o especulación, es porque me sorprende pensando en las peores cosas y porque, estoy seguro, alcanza a ver al par de azarines sentados en mis hombros, diciéndome a susurros los sucios pensamientos que debo tener y cuidándome, dicho sea de paso, de los estúpidos consejos de mi ángel de la guarda..


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